Batalla naval

DramaPsicológico
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En un minúsculo punto del universo, nuestros cuerpos se encuentran dispuestos en torno a sendos tableros de juego.

Mientras crece la expectativa, escucho el acompasado sonido del reloj de la sala contigua que marca el comienzo del último partido de la Batalla naval.

La habitación donde nos encontramos, tiene varios espejos que nos reflejan y multiplican y esto parece manifestar, casi caprichosamente, el interés que me ha acompañado siempre para observar la imagen de mi contrincante y erigirla como referente.

Un intenso vértigo recorre todo mi cuerpo, presagiando un cambio de posiciones.

Mi adversario es Víctor con quien siempre he rivalizado. Los resultados de esa comparación constante lo han situado en la cima de la montaña y a mí, en la planicie del valle.

Él, exitoso, fuerte, conquistador, yo, foráneo en el país de las posibilidades.

La verdad sobre mi admiración por él fue guardada en mis mazmorras internas y celosamente custodiada para que no saliera a la superficie.

Jugadores de cartas – Caravaggio (1595)

Melina era una compañera de escuela que nos atraía a los dos. Nunca se enteró de mis sentimientos porque Víctor desplegó toda su seducción, antes de que yo pudiera salir del refugio de sombras para mostrar mi interés. En verdad muchas veces no he movido de antemano las fichas del tablero porque me sentía perdedor.

He pasado parte de mi vida navegando por los mares (que yo suponía) de la mediocridad en una balsa precaria que apenas me sostenía y resistiendo largos períodos en aguas agitadas.

Los dos hemos invertido mucho tiempo en este juego de estrategia y suerte. Nunca quise saber si el azar no me acompañaba o yo no poseía la astucia suficiente para librar un combate digno con mi contrincante.

Pero hoy cuento con una flota de barcos que van a dar pelea digna a esta competencia.

Presiento que esta vez será diferente. Aunque no les quiero mentir, percibo la seguridad de mi competidor y aparece frente a mí, la imagen de un Poseidón con su tridente que lo convierte en dueño de todos los mares. Entonces concibo en mi mundo mental la exagerada idea de que sus barcos pertenecen a la Séptima Flota, remanente de esa sensación que fue mi compañera tantos años.

Espero que esta vez no sea el Amo, mi trabajoso aprendizaje me ha llevado a entender que el esclavo se libera cuando empieza a ser consciente de su propia fortaleza. Mucho tiempo he sido cautivo de ideas equivocadas sobre mí mismo, pero mi peregrinaje por las tierras de la superación me ha permitido liberarme de ellas. La realidad me ha ido demostrando que la mayoría de las veces pude salir a flote y nunca me he hundido en un lugar tan profundo del que no pudiera retornar. Ya lo dijo un conocido filósofo: “lo que no me mata, me hace más fuerte”.

En una oportunidad Víctor y yo nos anotamos en una competencia sobre temas históricos. Pasé varias noches en vigilia, guiado solo por la motivación de derrotar a mi eterno adversario. Y nuevamente… él ocupó el podio.

Almuerzo en la hierba – Édouard Manet (1863)

Lo más extraño es que de salir victorioso por mis conocimientos, la idea de paladear ese logro y dedicármelo solo a mí mismo, nunca había recorrido las galerías de mi mente.

Pero ahora estamos en otra competencia y yo, sobre todo, en otra posición.

Ya está avanzada la partida, mi flota tuvo varias bajas, la de mi competidor sufrió solo una pérdida.

Trato de no desalentarme y me imagino propietario de un triunfo recién estrenado y que ha sido díscolo y escurridizo conmigo durante toda la vida.

Me afirmo en el recuerdo de algunos de mis aprendizajes: poder ubicarme en puntos estratégicos como lo hice hoy con mis barcos y disparar acciones eficaces para cumplir con mis expectativas.

Ha pasado mucho tiempo hasta que pude comprender que las tormentas eran internas, las creaba yo mismo. Y ellas me hacían navegar a la deriva, sin poder asir el timón con seguridad y trazar la dirección correcta. Además siempre alimentaba la creencia de que el otro era mejor capitán.

Me queda mi último barco en las casillas E5-E6, varios disparos de mi competidor pasaron cerca.

Trato de sobreponerme, sé que hice una buena partida, solo tengo que hundirle dos barcos.

—E5.

—Tocado.

Mi voz se quebró como las velas que no pueden resistir el embate de los vientos huracanados.

—E6.

En ese momento me hundí lenta e inexorablemente en las profundidades de un mar azul que, luego de haber descendido muchos metros, devino negro alquitrán. Pero lejos de estar angustiado, me invadió una profunda paz.

Una sensación de liberación se apoderó de mí cuando comprendí que el que se había hundido para siempre no era yo, sino mi eterno adversario.

Patricia Licciardi

Etiquetas: Patricia, Drama, Psicológico

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2 comentarios en “Batalla naval”

  1. Domingo, 16 Mayo 2021 01:47

    Excelente cuento! Una vez más, me encantó!

    1. Domingo, 16 Mayo 2021 03:20

      Gracias, me alegro que te guste!

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