Logo

Bajo un tamarindo

HumorDrama
Bajo un tamarindo

A la sombra de un palo de tamarindo, estaban Justina Prada y Jubelina Pereira, tratando de encontrarle tranquilidad al calor de aquella tarde, sentadas en dos mecedoras que movían con el vaivén de sus pies y al ritmo de los abanicos de mano que sacudían para echarse brisa, mientras sus lenguas se refrescaban con el cuero, la vida, los amores, los odios, las vergüenzas y los pecados de quienes pasaban por el frente de aquellas vistas mezquinas y recién bañadas, vestidas con sus batolas de dignidad, perfumadas de gran moral y cargadas de oro noble sobre sus carnes impolutas.

XChecho 3De repente, las dos mujeres con hálitos necesitados de chismes frescos, ven a lo lejos a Cipriano, el hijo de Martina Daza, una conocida que tenían en común, y comenzaron a despellejarlo de a poquitos, diciéndose entre sí:

—Ve… y ese que viene allá ¿No es Ciprianito?

—Ese muchacho ¿No estaba preso?

—Él estaba en la cárcel. Si mató, solo por el gusto de verlo morir, a Facundo. Alma bendita, que en paz descanse.

—Uy… hombre malo ese. Y mira tú, ahora se pasea como si nada hubiera pasado.

—Y qué se puede esperar, si el papá es un sinvergüenza y, mejor ni te cuento de la mamá.

En eso, que Cipriano está tan cerca como para escuchar un saludo, son ellas las que toman la cordialidad y le dicen:

—Caramba Cipriano, que guapo estás, cómo te ves de bien.

—Te sentó ese tiempo en la cárcel.

—Aunque injusto, porque ese Facundo, no se merecía otra cosa que plomo. Bien hecho.

—Y tú no te preocupes, porque todos en el pueblo te apoyamos.

El muchacho, que no tuvo mayor reacción, que la de una risa tímida ante aquel monólogo a dos lenguas, siguió caminando, mientras escuchaba un recado que, en coro, las dos mujeres sentadas, le rogaban que diera.

—Ve… y nos saludas a Martina, que el domingo pasamos por ella para ir a misa de seis.

Cipriano, levantó una de sus manos, dándoles a entender que así lo haría y siguió caminando con el recuerdo y la carga de un muerto que no era suyo, pero al que soportaba porque la verdad de aquel incidente, era más vergonzosa que la de ser un asesino. Y cuando las dos mujeres, se percataron de que estaba lo suficientemente lejos como para que las escuchara, siguieron dándole fresco a las bocas con lo que les quedaba de la vida y las carnes de aquel muchacho.

—¿Le viste los ojos? Esa mirada vidriosa es de asesino.

—Él mata otra vez. Yo que te lo digo.

—Calla esos ojos mujer. Dios nos guarde.

—Esa gente debería irse del pueblo.

Y continuaron despotricando en medio del sonsonete de sus abanicos y la melodía de sus mecedoras hasta que el sol se ocultó y se vieron a oscuras en medio de un enjambre de mosquitos, que no las dejaban escucharse entre sí, entonces, cada una agarró su mecedora y se fue para su respectiva casa, que quedaba una al frente de la otra, en la misma calle donde estaba el palo de tamarindo, pero antes de entrar, las dos mujeres se miraron con una sonrisita de buenas noches y un pensamiento, que desde cada cabeza, les recordaba:

—Vea, esa mujer tiene la lengua mala.

mecedoraAl día siguiente, después de que le hicieron aseo a cada una de sus moradas y dejaron listas las ollas del almuerzo, Justina Prada y Jubelina Pereira, agarraron cada una su mecedora y se fueron para el palo de tamarindo, a seguir dándole fresco a sus lenguas, pero ese día con un afán en el saludo, pues tenían en la garganta el secreto de Cipriano como si fuera un bocado delicioso que querían regurgitar y del que se habían enterado por casualidad, cada una por una boca diferente, pero antes de que se lo pudieran rumiar, apareció Martina Daza con un traje de brisas suaves, mostrando sus flores de cayenas vivas y un taconeo de fulana resuelta, aunque le brillara en uno de sus dedos, un anillo dorado. Con su pelo ensortijado, pero libre y una boca roja sonriente que, al verla, cualquiera hubiera pensado que era feliz. Llevaba en sus manos una tacita de plástico, que fue lo primero que les mostró a Justina Prada y a Jubelina Pereira antes de saludarlas, y a la que las dos mujeres le abrieron los ojos con deseo porque sabían que adentro, lo único que podía venir, eran los merengues que hacía Martina Daza. Famosos en la región porque aseguraban, que, después de comerlos, se le podían ver los tobillos a Dios.

Las tres mujeres se saludaron como si de verdad fueran amigas. Y Martina, como muestra de su aprecio, le dio a cada una, un merengue de los que traía, advirtiéndoles, que los había hecho especialmente para ellas. Justina y Jubelina se llevaron los dulces a la boca y, mientras masticaban y hablaban contentas, le agradecieron el detalle a Martina que se despidió de las dos con un beso en la mejilla y la promesa de esperarlas el domingo para ir a misa.

Después de que Martina Daza se fue con el taconeo de su andar decidido, Justina Prada y Jubelina Pereira, permanecieron ahí, a la sombra de aquel palo de tamarindo, aún con la sonrisa dulce del merengue en sus labios, recién bañadas, metidas en sus batolas de dignidad, perfumadas de gran moral, cargando noble oro sobre sus carnes impolutas y sentadas sobre sus mecedoras inmóviles, sin las brisas de sus abanicos de mano, echando una babaza tierna por la boca, que les había quemado desde la lengua hasta las entrañas y cagando una estela de merenguitos multicolores y delicados que, al estrellarse contra el piso, se resquebrajaban anunciando con voces de murmullo, los misterios y escondrijos de cada una de las vidas que los habían excretado, justo un instante antes de revelarse entre sí, el secreto de Cipriano, el hijo de Martina Daza, y que ellas, se morían por contarse.

Federico

1 1 1 1 1 Valoración: 0.00 (0 Votos)
Compartir

5 comentarios en “Bajo un tamarindo”

  1. Sábado, 10 Julio 2021 01:43

    Este cuento me transportó a un rancho al que voy periódicamente y siempre hay señoras sentadas en el poyo de una casa criticando a los que pasan a la vez que los saludan cordialmente. No me esperaba ese final. Lo bueno es que es ficción.

    1. Sábado, 10 Julio 2021 08:29

      Fernando, muchas gracias por tu apoyo. Lo de ficción... Este... 

  2. Martes, 15 Junio 2021 10:48

    Buen cuento, lo  transporta  a un pasado  muy lindo 

  3. Lunes, 04 Enero 2021 16:05

    Lo he disfrutado mucho, casi como el mereguito de las tías Jubelina y Justina, nomas que yo sigo vivo. Gracias.

    1. Martes, 05 Enero 2021 19:44

      Me alegra mucho que lo hayas disfrutado. Gracias por tu apoyo.

       

Deje su comentario

En respuesta a Some User

Contáctenos

Dirección:
alvaro@cuentosenred.com
 
Administración:
admin@cuentosenred.com
 
Consejo editorial:
ce@cuentosenred.com
 
Webmaster:
webmaster@cuentosenred.com
 

Nuestro equipo


Logo 610x170 claro

Patricia Licciardi
Edith Vulijscher

Eréndira Corona Álvaro Díaz
¿Aún no tiene cuenta? ¡Regístrese ahora!

Ingresar