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Angustia

Drama
Angustia

Los segundos pasaban con inusitada rapidez. Desconocía la hora, pero algo en su interior le anunciaba que el momento estaba cerca. Se levantó de la cama en la que se había sentado hacía solo un instante y comenzó a caminar de un lado al otro de la habitación, como fiera en jaula de zoológico.

Menos de un minuto después suspendió el casi mecánico ir y venir, y se sentó de nuevo en el borde de la cama.

Posó la mirada en la blanca pared que la enfrentaba, donde su imaginación proyectó, como en telón de cinematógrafo, danzantes máscaras burlonas cuyas chanzas y bufonadas aumentaban su desesperación.

Susurros y risas inexistentes, en franco regocijo por su inminente sufrimiento, taladraron sus oídos.

Frotó entre sí las manos sudorosas y a continuación, entrelazando los dedos, les dio un giro hacia su cuerpo, para luego estirar los brazos mientras arqueaba las palmas alejándolas de sí... ¡Track! ¡Track! ¡Track! sonaron casi al mismo tiempo las articulaciones de sus dedos, quejándose del maltrato.

El corazón le latía con fuerza mientras aguzaba los sentidos en espera de sonidos, señas, cualquier indicio que delatara la proximidad de sus verdugos.

Niña enferma - Edvard Much

Intentó pensar en otra cosa; en cualquiera que pudiese engañar su angustia... pero le fue imposible, pues en ese instante su cerebro estaba bloqueado y, como es frecuente en los humanos sometidos a fuertes tensiones psicológicas, cerrado a cualquier pensamiento que no estuviera atado al origen de su mortificación.

Un sonido distante y apagado le llegó a los oídos, anunciando el principio del fin.

—¡Dios mío, ya vienen! —se oyó decir en voz baja al escuchar voces que indicaban la llegada de los ejecutores de la sentencia.

Se puso de pie y comenzó a retroceder, intentando encontrar un inexistente refugio en la pared más alejada de la entrada a la habitación. Con los ojos desorbitados apuntó hacia la puerta que en cuestión de segundos traspasarían los crueles carniceros que, sin el más mínimo atisbo de misericordia, consumarían el aberrante encargo.

—¡No, por favor! ¡Se los ruego! —alcanzó a decir antes de que la puerta se abriera despacio, con una irritante lentitud que contrastaba con la violencia con la que su cuerpo había comenzado a temblar.

Dos mujeres y un hombre, con caras preñadas de gestos nerviosos que denotaban la necesidad de actuar cuanto antes para culminar la desagradable tarea y continuar con sus otras obligaciones, entraron al cuarto. La última en hacerlo, la mayor de las mujeres, cerró la puerta tras de sí y la aseguró, cercenándole a la condenada cualquier posibilidad de escape.

Alcanzando la máxima distancia que podía interponer entre su humanidad y los visitantes, adosó la espalda a la pared, al tiempo que los tres personajes responsables de su agonía se disponían en círculo ante ella intentando cerrarle todas las salidas... círculo que fueron estrechando progresivamente alrededor de su presa.

Con la cercanía de los verdugos, despertaron en su ser instintos y actitudes que, normalmente aletargados, el ser humano suele sacar a relucir en aquellos momentos en que se sabe perdido. Su mirada se tornó agresiva. Su espíritu se cargó de odio contrarrestando el terror que hasta ese momento la invadía. Cerró los puños y, en una acción desesperada, en la que intentó sacar provecho a su agilidad, se abalanzó sobre la más antigua de las mujeres con el fin de traspasar la barrera humana y acceder el otro extremo de la habitación, lo que le permitiría ampliar de nuevo la distancia entre ella y sus victimarios.

Lo logró. Fue muy rápido su accionar y cuando la señora intentó agacharse para asirla por los brazos, ya ella terminaba de escabullírsele entre las piernas y pasaba al otro lado.

Sin embargo, no contó con el movimiento felino del hombre, que lanzó un zarpazo antes de que ella pudiese ponerse de pie para culminar con éxito la improvisada maniobra y se apoderó de una de sus piernas.

La fortaleza del contrincante masculino quedó en evidencia cuando, de un solo halón realizado sobre la atenazada extremidad inferior, puso la cintura de la ilusa prófuga al alcance de su otro brazo, con el cual la sujetó con firmeza.

A estas alturas solo le quedaba manotear y patalear, cosas que no demoró en hacer; pero que de nada le valieron. El hombre se sentó en la cama y, apelando a la fuerza bruta, la haló de nuevo, haciendo que quedara atravesada sobre sus rodillas y sujetándole a continuación brazos, tronco y cabeza; inmovilizándole por completo la parte superior del cuerpo. Simultáneamente, la mujer de mayor edad, exigiendo al máximo la energía que aún le concedía la naturaleza, se había ocupado de sus piernas y pies, a los que literalmente envolvió entre los brazos.

Ya el camino estaba expedito. La dama más joven sacó a relucir los detestables y funestos instrumentos de tortura que la condenada pudo ver por el rabillo del ojo; seguidamente le bajó el pantalón dejando sus pálidas nalgas al descubierto, y a continuación frotó con un algodón empapado en alcohol la parte superior de aquélla que le quedaba más cerca.

La fría sensación que dejaba en la piel la evaporación del producto aplicado para esterilizar el área de asalto, le comunicaron a la víctima la inminente cercanía del ataque final.

Al observar la preparación de la enorme jeringa, Laurita se dijo que ya era hora de gritar... y gritar con todas sus fuerzas para dejar claro su rechazo a esas crueles y sanguinarias costumbres.

—¡Nooooo, por lo que más quieras! ¡Mamááááááááá! Pero ya era tarde. En su atormentada mente la niña sintió que la descomunal aguja hipodérmica penetraba su piel y atravesaba metros de su glúteo izquierdo destrozando a su paso músculos y tejidos, para finalmente estrellarse contra alguno de sus huesos. Sin duda quedaría tiesa por el resto de su vida... y aún no había cumplido los ocho años. Creyó desmayarse.

Instantes después escuchó que su madre, al salir de la habitación acompañada de la abuelita Josefina y de Ernesto, su hermano mayor, exclamaba molesta: —¡Qué espectáculo por una simple inyección! ¡Tan grande y tan necia!

 

Luís Gutiérrez G.

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2 comentarios en “Angustia”

  1. Miércoles, 20 Octubre 2021 19:13

    Hola Don_Diego. Agradecido por tu lectura y comentario. Un saludo cordial. 

  2. Martes, 04 Mayo 2021 01:56

    Jajaja. Pobre niña. Realmente llegue a pensar que se trataba de una condenada a muerte. Muy bueno. Te sigo leyendo, Carlos.

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