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Anécdota

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Anécdota

 

Un grupo de amigos y yo habíamos cenado juntos y, después de la cena, nos habíamos sentado en el estudio de nuestro anfitrión para seguir hablando. Hablábamos y fumábamos, y nuestra conversación era elevada y un poco delicada. Hablábamos del velo de la «Maja vestida» y de la ilusión irisada que producía, de lo que Buda había llamado «el tener sed», de la meliflua sensación del deseo y de la amargura del conocimiento, de la gran seducción y de la gran superchería. Se había pronunciado la palabra «descrédito del deseo»; se había formulado la frase filosófica de que la meta de todo deseo era el dominio del mundo. Y alguien, estimulado por tales consideraciones, contó la siguiente anécdota, que, según nos aseguró, había sucedido —palabra por palabra tal como nos la transmitía— en la alta sociedad de su ciudad natal.

Web Thomas Mann 1900«Si hubieseis conocido a Ángela, la esposa del director Becker, la pequeña, la celestial Ángela Becker, hubierais podido contemplar sus azules y risueños ojos, su dulce boca, el precioso hoyuelo de sus mejillas, el rizo rubio de sus sienes; hubierais participado del arrebatador encanto de su persona, os hubierais vuelto locos por ella, ¡igual que yo e igual que todos!… ¿Qué es un ideal? ¿No es, ante todo, un poder vivificativo, una promesa de felicidad, una fuente de inspiración y de fuerza, y, por consiguiente, un acicate y un estímulo para todas las fuerzas anímicas que vienen de la vida misma? Si así es, Angela Becker era el ideal de nuestra sociedad, su estrella, su ambición. Nadie, creo yo, por lo menos en el mundo al que pertenecía, podía dejar de pensar en ella; nadie podía imaginarse llegar a perderla sin experimentar al propio tiempo una pérdida de su placer por la existencia y de su deseo de vivir, junto con una disminución inmediata de fuerzas. ¡Os doy mi palabra de que así era!

»Ernst Becker —un hombre tranquilo y respetuoso, de barba cerrada y moreno, por lo demás, poco importante— la había traído consigo del extranjero. Sólo Dios sabe cómo llegó a conquistar a Ángela, pero, en resumidas cuentas, suya fue. Abogado y funcionario del Estado en un principio, pasó a los treinta años a las actividades bancarias (al parecer para poder ofrecer una vida regalada y un abundante presupuesto a aquella muchacha con la que quería convivir, pues se había casado con ella poco después).

»Como vicedirector del Banco Hipotecario, percibía un sueldo de treinta o treinta y cinco mil marcos, y los Becker —que, por otra parte, no tuvieron hijos— se interesaron vivamente por la vida social de aquella ciudad. Ángela fue la reina de la temporada, la triunfadora en todos los cotillones, el centro de todas las tertulias. Su palco del teatro se veía inundado, en los descansos, por infinidad de agasajadores, de caras risueñas y encantadas. Su puesto en las tómbolas benéficas estaba asediado de compradores que se agolpaban para aligerar sus bolsillos y, con esta excusa, poder besar la pequeña mano de Ángela y recibir en premio una sonrisa de su encantadora boca. ¿De que serviría decir que era una mujer estupenda y deliciosa? El dulce encanto de su persona sólo se puede describir a través de sus efectos. Había herido el corazón de jóvenes y viejos. Mujeres y muchachas la adoraban. Los jovenzuelos le mandaban versos con flores. Un teniente había atravesado, en un duelo a pistola, el hombro de un consejero del gobierno, y todo porque en una fiesta se habían disputado un vals con Ángela. Más tarde se hicieron íntimos amigos, unidos en la veneración que ambos sentían por Ángela. Caballeros ya mayores la rodeaban después de las comidas, para deleitarse con su graciosa conversación, y sus gestos divinamente picarescos; la sangre volvía a circular por las mejillas de los ancianos, se sentían apegados de nuevo a la vida, eran felices. En cierta ocasión, un general se había arrodillado a sus pies en un salón, de broma, naturalmente, pero no sin poder reprimir la plena expresión de sentimientos que entraña tal acción.

»Por lo demás, a decir verdad, nadie —hombre o mujer— podía presumir de tener amistad o intimidad con ella, excepto Ernst Becker, naturalmente, y éste era demasiado manso y humilde, incluso demasiado soso, para preciarse de su propia suerte. Entre nosotros y ella había siempre un elegante distanciamiento, al que posiblemente contribuía la circunstancia de que fuera de los salones y salas de baile raramente se la veía; ciertamente, si uno hacía memoria, caía en la cuenta de que a aquella graciosa criatura apenas se la había visto a la serena luz del día, sólo se la veía de noche, a la hora de la luz artificial y al calor de la vida de sociedad. Nos consideraba a todos como unos admiradores, pero no como amigos. Y esto era razonable, pues si no, ¿qué sería de un ideal con el que uno puede tutearse?

»Al parecer, Ángela consagraba sus días al cuidado del hogar, a juzgar por la brillantez de las tertulias que daba. Estas tertulias se hicieron famosas y, de hecho, fueron el punto culminante de aquel invierno; un mérito exclusivo de la anfitriona —habría que añadir—, pues Becker era un anfitrión atento, pero nada ameno. Ángela se superaba a sí misma en estas noches. Después de la cena, se sentaba con su arpa y cantaba con su voz argentina, acompañándose del susurro de las cuerdas. Esto no lo olvidaré jamás. El buen gusto, el donaire, la animada serenidad con que animaba la noche, eran fascinantes; su ecuánime amabilidad, que irradiaba por todos lados, conquistaba el corazón de todo el mundo; y el modo sinceramente cortés, así como íntimamente afectuoso, con que trataba a sus huéspedes, nos descubría la felicidad, la posibilidad de dicha, y nos llenaba de una fe consoladora y ansiosa de bondad, una fe aproximadamente igual a la que puede darnos el perfeccionamiento de la vida a través del arte.

»Era la mujer de Ernst Becker, y ojalá éste hubiese sabido estimar tal tesoro en su justo valor. Si alguien había en la ciudad que fuese envidiado, éste era sin duda Becker, por lo que no es difícil suponer que en más de una ocasión oyese comentarios sobre su buena fortuna. Todo el mundo se lo decía, y él aceptaba todos estos cumplidos, nacidos de la envidia, con amable consentimiento. Hacía diez años ya que los Becker estaban casados; el director tenía cuarenta años y Ángela cerca de treinta. Entonces fue cuando ocurrió lo siguiente:

»Los Becker dieron una fiesta, una de aquellas veladas ejemplares, una cena para unos veinte invitados. El menú es excelente, el ambiente de lo más animado. Al escanciar las botellas de champaña a la hora de los postres, se levanta un caballero, un solterón en la edad de la sensatez, y ofrece un brindis. Celebra las virtudes de la anfitriona, su hospitalidad, aquella hospitalidad auténtica y exuberante que nace de la superabundancia de felicidad y del deseo de compartirla con los demás. Habla de Ángela, la elogia de todo corazón.

»—Sí, querida señora —dice dirigiéndose a ella con el vaso en la mano—, si me quedo soltero toda la vida, será porque no habré encontrado una mujer como usted. Y si alguna vez me caso, una cosa es indiscutible: ¡que mi mujer deberá parecerse a usted hasta en el color del pelo!

Thomas Mann 1929»Luego se vuelve hacia Ernst Becker y le pide permiso para decirle una vez más lo que tantas veces ha oído: cuánto le envidiamos todos nosotros y le deseamos toda suerte de dicha y prosperidad. Luego invita a los presentes a unirse a su brindis en honor de los anfitriones, el señor y la señora Becker, a quienes Dios ha colmado de tanta felicidad.

»Suenan los brindis, todo el mundo se levanta de sus asientos, todos se amontonan para poder entrechocar sus copas con la pareja agasajada. Pero, de repente, se produce un silencio general; Becker se ha levantado, lívido como la muerte.

»Está pálido y sólo sus ojos están enrojecidos. Con voz trémula y solemne empieza a hablar.

»¡Alguna vez —las palabras salen forcejeando, a borbotones, de su pecho— tenía que decirlo! ¡Aunque sólo fuera por una vez, tenía que descargarse del peso de la verdad que tanto tiempo había guardado para sí! ¡Por fin iba a abrirnos los ojos ante el ídolo que nos había deslumbrado e infatuado, aquel ídolo por cuya posesión tanto le envidiábamos nosotros! Y mientras los invitados, algunos sentados, otros de pie, petrificados, encogidos, sin poder dar crédito a sus oídos, posan los ojos abiertos de par en par sobre la mesa engalanada, expone aquel hombre, en una terrible explosión de ánimo, el cuadro de su matrimonio… el infierno de su matrimonio…

»Aquella mujer que estaba allí sentada ¡qué falsa, mentirosa y felinamente cruel era! ¡Cuán vacía de amor y de todo sentimiento humano! Se pasaba el día entero en corrompida y licenciosa holgazanería, se levantaba al atardecer, a la hora de la luz artificial, para lanzarse a una vida hecha de hipocresía. Su única ocupación diurna consistía en martirizar sus gatos con refinada crueldad. Y a él mismo lo atormentaba cruelmente con sus malvados caprichos. Le había engañado desvergonzadamente con criados, con dependientes, con mendigos que llamaban a su puerta. Le había puesto cuernos. Antaño, lo había arrastrado también a él al abismo de su depravación, lo había envilecido, contaminado, envenenado. Y todo lo había soportado por el amor que en otro tiempo había profesado a aquella saltimbanqui, y porque, al fin y al cabo, no era más que una desdichada digna de lástima. Pero había llegado un momento en que estaba ya harto de envidias, enhorabuenas y brindis… Y aunque fuera por una vez, por una sola vez, había tenido que decirlo.

»—¿Por qué —gritó— no se lava de una vez? ¡Es demasiado perezosa para hacerlo! ¡Bajo las puntillas de su ropa interior no se esconde más que suciedad!

»Dos caballeros lo condujeron fuera. La reunión se disolvió.

»Pocos días después, Becker fue a visitar un sanatorio para neuróticos, seguramente tras un acuerdo con su esposa. Sin embargo, estaba completamente sano, sólo que con los nervios de punta.

»Más tarde los Becker se mudaron a otra ciudad».

  

Thomas MannThomas Mann

Lübeck, Imperio alemán, 1875 - 1955, Zúrich

Thomas Mann fue el segundo de cinco hijos de un comerciante de granos alemán y una brasileña con raíces portuguesas y teutonas. Mal estudiante al punto de no graduarse del bachillerato, su formación fue autodidacta y las lecturas de Feud, Nietzsche, Schopenhauer y Goethe tuvieron notable influencia en su obra. En 1901, a los 26 años, escribió Los Buddenbrook, única novela mencionada por la Academia Sueca al concederle, en 1929, el Premio Nobel de Literatura, pese a que ya había publicado sus obras más notables, como La montaña mágica (1924) y Muerte en Venecia (1912), entre otras, que lo colocaron en los anales de la literatura universal como uno de los mejores novelistas del siglo XX, sobre todo del género filosófico. Su narrativa corta es tan excelente como sus novelas y cultivó el cuento con singular maestría, elegancia y profundidad filosófica.
Anécdota, es un cuento escrito en 1908, publicado en la recopilación “Cuentos tempranos(1917). Su base filosófica encuentra raíces en Schopenhauer y en Nietzsche, manifiesta en la cita puntual de Buda, que refiere a lo que el primero llamó “descorrer el velo de Maya(Maya es la representación hindú de la ilusión, de lo irreal), y refiere también al “anhelo del idilio” tratado por Nietzsche en “El nacimiento de la tragedia”.

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